dissabte, 6 de novembre de 2010

La bella muchacha de ojos azules

entraba y salía simpre que quería de mis sueños.

Manejaba a su antojo mis excentricidades de buzo,

y yo hacía todo cuanto ella quería.

Un día, sin embargo, dejó de venir,

y yo me quedé sumido en una gran tristeza.

La busqué desesperadamente por entre los paisajes de la noche,

pero todo intento fue en vano.

Han transcurrido, desde entonces, treinta y cinco lunas,

y sigo sin saber nada de ella.

A veces le escribo versos como éste,

mientras los ojos se me llenan de lágrimas,

y el alma de fuego.




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